La gran trampa de no hacernos responsables de nuestras acciones

“¡Es que los niños de hoy en día no son nada responsables!”, “¡Siempre le echan la culpa a los demás!”, “Tienen que aprender a reconocer sus errores y repararlos!”, “¿Pero cómo lo hacemos con esta generación que pasa de todo?”,…

Cosas similares las escucho todos los días, de educadores, padres y madres, adultos, profesionales, e incluso de chicos y chicas que se consideran más mayores y que ya pueden hablar de los pequeños,…

El otro día estuve en un taller organizado por el Grupo Maseras, impartido por Andrés Paris. Andrés, que es coach y pedagogo impartió una charla que llevaba el título de “Si emociona, es bueno”. Con este título, no dude en que quería acudir. Y allí estaba un viernes por la tarde.

Cuando Andrés nos preguntó a cada participante las expectativas y razones por las que habíamos decidido pasar unas horas del viernes por la tarde allí, yo le expliqué que buscaba más herramientas para manejarme con los grupos de niños y niñas, que lo que antes me servía no siempre me estaba funcionando bien en los nuevos grupos. Después de unas palabras, Andrés dio en el clavo para que mi cabeza se pusiera de nuevo a pensar (¡Qué gusto encontrar gente que te haga reflexionar!). Me dijo algo como: “Y me cuentas todo eso sobre los niños. ¿Y nosotros? ¿Te has planteado algo sobre cómo nos comportamos los adultos?”. A lo largo de la sesión hubo varias formas de llevarnos al planteamiento desde “uno mismo”, que me hicieron cambiar el foco de nuevo. No es que nunca hubiera pensado sobre ello, posiblemente lo hago todos los días, con mis reacciones y no reacciones, con planteamientos de estrategias en lo profesional, con palabras dichas y otras que me hubiera gustado decir,… Pero Andrés volvió a poner el foco en el sitio desde el que podemos modificar las cosas: desde el uno mismo.

Y entonces vuelvo a mi mundo real, a mi día a día. Llega el final de curso, y con ello muchas cosas no resueltas y acumuladas durante el curso escolar en muchos de sus protagonistas. Y vuelvo a oírme, a oír padres y madres, niños y niñas, profesionales y técnicos… y en mi cabeza resuena el foco que he vuelto a activar de forma luminosa: YO MISMA.

Y caigo en la cuenta… Niños que se portan mal, unos responsabilizan al cole y otros a los padres. Y en ese discurso anclados nos libramos (o eso parece en el momento) de la culpabilidad que genera pensar que siempre hay algo que depende de nosotros, que siempre podemos ir modificando y probando nuevas formas de actuar (hacia nuestros hijos, pero también hacia el mundo, hacia los padres, profesores, hacia el panadero o el farmacéutico, hacia todos). Porque si hay algo que depende de nosotros y no lo hemos hecho, nuestra cabeza nos puede llevar a pensar que nos hemos equivocado. Y puede ser. Quizá nos hemos equivocado. Y yo me pregunto, ¿qué es mejor? Equivocarse por hacer, por intentar, por estar implicado… O sentirse libre de culpa pero vivir los problemas que genera no implicarse ni intentar solucionar “porque son los demás los culpables, los responsables, los que tienen que hacer algo…?”.

Hoy pienso todo esto y me siento triste… Triste por los adultos que hablamos continuamente de lo que los niños hacen mal, sus faltas de respeto, de empatía y de comunicación, pero que después en nuestras vidas nos desenvolvemos sin dar los “buenos días” a nuestro vecino, sin ayudar al niño que acaba de caerse en el parque (“porque su madre está en el banco sentada”, siempre hay un por qué, claro) o hablando por detrás y sin hablar ni respetar las decisiones de los demás.

Triste por los padres y las madres que pedimos a nuestros hijos que hablen y expresen las cosas para que se puedan solucionar, y que hablamos por detrás de los profesores y no nos dirigimos a ellos para buscar la forma de hacer equipo y apoyar a los niños. Y con eso les enseñamos día a día a cómo no solucionar las cosas.

Triste por los profesores que se queman y su cabeza les lleva a buscar culpables a la situación que viven en sus clases, sin saber cómo hacer para remar juntos familia y escuela.

Triste por los profesionales que miran hacia otro lado y prefieren justificarse y defenderse antes de reconocer un grado de responsabilidad y ayudar a niños que están sufriendo.

Triste porque lo más fácil es dejarse llevar y caer en hablar pero no asumir nuestra parte de responsabilidad, que caemos en juzgar y culpar, pero no en entender ni entendernos a nosotros mismos siquiera, triste porque sabemos hablar más de los errores de otros que analizar los nuestros.

Triste, muy triste, porque queremos que los niños hagan cosas que no les estamos enseñando a hacer, y aún así nos permitimos juzgarlos.

Ahora es cuando, si has llegado a este punto de mi escrito, piensas… “yo no hago eso”. ¿Seguro que no lo haces?

Sólo con que dudes, sólo con que mires tu forma de manejarte en el día a día, sólo con que cuando hagas algo en algún momento te plantes lo que depende de ti, sólo con que cuando reacciones mal no sólo te quedes con lo mal que lo ha hecho el otro sino con la manera en que tú puedes responder a eso… Sólo con que lo pienses, habrá valido la pena mi reflexión.

No responsabilizarnos de nuestras acciones y culpar a los demás, puede ser muy gratificando a corto plazo, muy liberador. A la larga comprobarás que los problemas continúan, y cada vez las soluciones estarán menos en tu mano.

¿De verdad quieres seguir viviendo sin implicarte, sin buscar soluciones y pensando que es la sociedad, tu hijo, los padres o la profesora la responsable del problema?

 

 

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